Por Andrés Jaque
Versión última 14 de agosto de 2008
Una primera versión de este texto fue publicada y distribuida vía postal, en marzo de 2008, por el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid entre sus miembros, como parte del programa Con-Textos comisariado por Javier García-Germán y Covadonga Martínez-Peñalver Ha sido también publicado posteriormente en Garcóa-Germán, Javier y Martínez-Peñalver, Covadonga: CON-TEXTOS. Madrid: Coam 2008.
* “Ecologizar no es verdear” es el lema inventado en 2004 por Andrés Jaque como invitación al debate, y apuesta por una incorporación estructural del pensamiento ecosistémico a las prácticas arquitectónicas, superando la cultura de la sostenibilidad y del verdeo. Puede seguir el debate en el blog de la Oficina de Innovación Política.
Si aceptamos que las prácticas arquitectónicas acontecen en contextos tecnológicos, figurativos y también, necesariamente, en contextos políticos; podemos detectar cómo cada uno de estos frentes se ha estirado un poco para que lo ecológico quepa, más o menos apretado, en el marco operativo que venían arrastrando. Es un estirón reflejo, una incorporación rápida que nos ha dotado, en poco tiempo, de un modesto e inconexo corpus experimental, en cada uno de estos frentes. Y que podría rápidamente resumirse así:
1.- Extensión del frente tecnológico: bioclimatismo y eficiencia energética. En términos generales la ecología ha irrumpido en el mundo de la tecnología como un nuevo problema que debe ser resuelto, como antes lo fue por ejemplo la insalubridad. Un nuevo problema, en forma de escasez de recursos y efectos colaterales de las emisiones contaminantes, que muchos creen que haremos desaparecer con más cantidad de “progreso” y una aplicación más eficiente y optimizada del conocimiento científico. Esta lógica ha dado cobertura a innumerables experiencias de arquitectura y urbanismo bioclimáticos, y ha favorecido la explosión del mercado de células fotovoltaicas, por ejemplo, y la proliferación de eco-auditores y fachadas inteligentes en partes iguales. En nombre de lo verde la arquitectura se ha hiper-equipado con nuevas tecnologías.
2.- Extensión del frente figurativo: retórica vegetal y climatic-management. Lo ecológico también ha llegado, en forma de expresión y lenguaje, al mundo de lo visual y del diseño fenomenológico. La celebración de los materiales vivos, e incluso el diseño de los soportes climáticos para la vida, han hecho aparecer envolventes vegetales, y por ejemplo puestas de sol eléctricas, donde antes habría habido por ejemplo piedra y acero inoxidable. No sabemos con seguridad si el eco-chic, el revival de la ornamentación art nouveau y la estética de “invernadero y huerto” son el resultado por un lado: de la refrescante incorporación estilística de las utopías naturistas o de los evocadores anuncios de leche pasteurizada; o ¿por qué no? de ciertas formas de estimulante ciencia ficción new age. Pero el caso es que los objetos arquitectónicos se naturalizan y se meteorologizan de manera creciente.
3.- Extensión del frente político: activismo verde. Y en la esfera pública, hace tiempo que hemos asistido, no sólo de la mano de Greenpeace, a la emergencia de nuevas amenazas, de nuevas prioridades morales, agendas de acción inmediata e incluso lanchas neumáticas intentando interrumpir vertidos contaminantes. Lo ecológico se ha convertido en un proyecto ético compartido por muchos y también en la arena en que numerosas estructuras de poder se cuestionan con cierta urgencia. Un activismo que ha generado nuevas formas de arquitectura desde el desarrollo de construcciones primitivistas de adobe y madera con voluntad ejemplarizante, a la revisión de los protocolos de gestión del agua, la energía y los residuos en los entornos domésticos. Es también el marco en que numerosas acciones con programas del tipo “quitemos espacio a los coches para dárselo a los niños”, de escasa durabilidad pero con sus 15 minutos de fama, han sido posibles. En cualquier caso, en estos momentos somos también testigos de cómo la construcción del medio del hombre se disputa y se moraliza también desde las trincheras ecológicas.
Y si este es el bello y emocionante capital con que hoy contamos -gracias a muchos esfuerzos e ilusiones- para construir una transición hacia la era ecológica, es importante decir que es un capital de “eco-trocitos” ensamblados por dispositivos que poco tienen que ver con el pensamiento ecológico. Porque la manera en que las esferas tecnológicas, estéticas y políticas, al menos en lo que a la arquitectura suele concernir, están constituidas y relacionadas entre sí se ha beneficiado hasta ahora muy poco de lo que hoy sabemos sobre los ecosistemas maduros y lo que pensamos sobre los “contratos artificiales-naturales” posibles. Creo que esta transición no vendrá propiciada por las acciones rápidas, si no por la reinstitucionalización lenta del día a día. No tanto por el desarrollo de artilugios que solucionen problemas nuevos, si no una nueva forma de entendernos. En definitiva, por la revisión, dentro de lo ecológico, de los mediadores que nos permiten describir la realidad y operar colectivamente en ella. Propongo a continuación algunas sustituciones, para que el ensamblaje de estos valiosos fragmentos arquitectónicos formen algo que se parezca un poco más a sociedades restituidas en este nuevo paradigma. Podrían apuntarse muchas. Yo he optado por plantear tres que en estos momentos creo que son las que pueden tener mayores implicaciones en la construcción del medio del hombre:
1.- De la eliminación de los problemas por segregación territorial a la construcción del territorio como mercado que conecta costes con beneficios. El funcionamiento de los sistemas tecnológicos ha cambiado. Si en la modernidad (y en muchas de las propuestas de arquitectura bioclimáticas que vemos todos los días) se pensaba que los sistemas tecnológicos hacían desaparecer los problemas (o por lo menos los deslocalizaban de manera que la utilización de recursos quedaba geográficamente y socialmente segregada de las implicaciones medioambientales asociadas); desde la perspectiva ecológica nos damos cuenta de que su papel podría en realidad ser el de auditar y hacer visibles los costes medioambientales de la elección humana, internalizando dichos costes en el propio proceso de consumo. Los sistemas tecnológicos podrían pasar de ser máquinas para la diferenciación del territorio entre zonas de beneficios y zonas de costes, a ser los vehículos para construir un mercado compacto y global de recursos. Si, por ejemplo, pensábamos que las redes de saneamiento hacían desaparecer para siempre los residuos indeseables, una evaluación holística de los ciclos de transformación de la materia, nos permite identificar la evolución que el funcionamiento de estos sistemas podría tener. Que probablemente consistiría en escrutar públicamente la evolución de los procesos de generación de residuos y su introducción en una red territorial en que los residuos serían transformados allí donde el coste ecológico de su gestión fuese menor. Para, más tarde, devolver la valoración del coste medioambiental al punto de consumo. De manera que la deuda fuese resarcida por mediación de un mercado territorial de compensación. Esto conlleva dos nuevas formas de pensar. Primera: frente a la falsa desaparición de los costes (narrativas del tipo: “este colector eliminará, salvo avería, los residuos de este edificio”), una laboratorización de los problemas (“monitoricemos qué pasa con estos residuos, midamos las implicaciones de todo su ciclo de transformación -hagámoslas explícitas y públicas- y ensayemos permanentemente mejoras en el proceso”). Y segunda nueva forma de pensar: frente a la especialización territorial opaca (relatos compartidos del tipo: “aquí llega el aluminio ya con forma de lama para ahorrar en aire acondicionado y no queremos saber qué ha pasado antes”), el mercado de costes y beneficios medioambientales con un escrutinio holístico público. (“El beneficio entornos fresquitos con poco aire acondicionado es posible con un coste medioambiental asociado a la solución lamas de aluminio que se produjo en Taiwan, y que –imaginemos a la espera de los datos necesarios- se estima, por ejemplo, en ¼ de hectárea de paisaje taiwanés). Si el paradigma de la arquitectura moderna pudo ser “máquina + especialización territorial más bien colonial”, probablemente el paradigma de la era ecológica será “laboratorio públicamente auditado + mercado redistributivo”.
2.- De una ética apriorística, a la ética del riesgo. Aunque hasta ahora la ecología parecía un proyecto ético de planteamientos indiscutibles (¡salvad el Amazonas! –¿quién podría no adherirse?-); una mirada un poco más detallada ha permitido plantear la cuestión de una forma muy diferente. La complejidad de los ecosistemas destruye, en muchos casos, la continuidad entre motivación y efecto. O dicho de otra manera, hace que las motivaciones dejen de ser cuestiones tan relevantes. Las éticas que manejamos en nuestra cotidianeidad criminalizan determinadas acciones, en sí mismas, y prácticamente con independencia del contexto de interacción en que se practiquen. Lo que está mal hecho será malo independientemente de que sus consecuencias terminen siendo beneficiosas de rebote. Y lo hecho con buena intención, pese a tener consecuencias perjudiciales, no será tan malo. Desde el conocimiento que ha aportado la descripción detallada de los ecosistemas, nos damos cuenta de que las formulaciones éticas, en lo tocante al medioambiente, están cargadas de una alta dosis de incertidumbre. Puede ser una cuestión imprevisible, en cualquier caso, dependiente del contexto en que se pone en juego y, siempre, sujeta a una alta accidentalidad exenta de regularidades. Digamos que no es posible en muchos casos establecer una predicción del efecto que tendrá introducir determinados cultivos en un lugar concreto a medio plazo, independientemente de la bondad o maldad del agente promotor. La previsión no es siempre fiable. En términos medioambientales cada acción es, en mayor o menor medida, una opción de riesgo: una apuesta. Creo que, desde una perspectiva ecológica, las éticas reducirán probablemente su desarrollo prescriptivo apriorístico, para convertirse en equipamientos y costes que la acción no debe eludir. Equipamientos que permitan estimar el riesgo de cada acción, y que permitan el seguimiento de las consecuencias de sus consecuencias. Serán también, si nos tomamos en serio las tareas pendientes, infraestructuras para la habilitación de depósitos que permitan reponer o compensar los perjuicios que la apuesta no del todo exitosa pueda producir. Dicho de otra manera, a la luz del trabajo de pensadores como Edgar Morín, condenas como las que determinados centros de activismo dictaron sobre el uso del aluminio en los noventa, serán sustituidos por ciertas fórmulas que ralenticen el juicio. Y que incluirían: 1.- La posibilidad de mostrar evidencias para estimar el riesgo medioambiental asociado al uso del aluminio, y compararlo con el riesgo asociado a sus posibles competidores. 2.- La vigilancia y registro de la siniestrabilidad asociada a los ciclos completos de transformación del aluminio. 3.- La demostración de la solvencia institucional y económica de los fabricantes y distribuidores del producto para restituir el capital ecológico que podría verse afectado por un hipotético siniestro. Creo que como profesionales y como ciudadanos, si el pensamiento ecosistémico tuviese algo de éxito, en poco tiempo, de manera creciente, comenzaríamos a comentar cual es el coste del riesgo ético de determinados materiales e incluso aprenderíamos a identificar, en los detalles constructivos, la mayor o menor habilidad con que el riesgo medioambiental ha sido gestionado. De la misma manera que ahora podemos por ejemplo valorar, si un chiste es divertido o si por un detalle de carpintería existe riesgo de que entre agua.
3.- De la optimización a la resilencia y a la adaptabilidad. Y por último creo que el pensamiento ecológico conlleva la obsolescencia de uno de los pilares que sostiene los discursos explícitos de los arquitectos. Y no es otro que lo que solemos llamar “optimización de los sistemas”. Frente a la incertidumbre que impone la interacción entre agentes que operan y disputan, como partes de sistemas complejos; cualquier criterio de optimización cuenta con un horizonte de durabilidad limitada. Cualquier cambio importante en la organización del sistema acarreará la pérdida de vigencia del criterio de optimización. ¿Qué quedó del Concorde, optimizado según un criterio de velocidad, ante la drástica caída de precios de sus competidores en vuelos trasatlánticos? La descripción detallada del funcionamiento de los ecosistemas maduros, nos ha permitido establecer una relación entre diversidad y adaptabilidad. Sabemos ahora que aquellos ecosistemas que cuentan con un mayor grado de diversidad y redundancia, aquellos en que existen numerosos agentes diferentes que cumplen prácticamente las mismas funciones dentro del sistema (ecosistemas resilentes), podrán adaptarse a las transformaciones externas manteniendo la complejidad de su funcionamiento. Porque ante un cambio de las circunstancias externas, las diferencias latentes de agentes hasta entonces redundantes pueden activarse como un capital que permita la adaptabilidad. Por ejemplo, ante el incendio de un bosque maduro, aquellas variedades de pinos que, a diferencia de otras que desempeñaban un papel similar a ellas, sobreviven, contribuirán a evitar la erosión del sustrato, hasta que las semillas de las segundas puedan germinar. O aquellas ciudades o arquitecturas que incorporaban una formulación en si misma compleja y multireferenciada probablemente, en su falta de optimización, contendrán el potencial para una adaptabilidad que en alguna medida podría contribuir a su durabilidad. No hay mayor capital que lo obsoleto y lo falto de optimización, porque no sabemos en que momento, eso que parecía no servir para nada, contendrá la clave para un desafío evolutivo que, en estos momentos ni siquiera alcanzamos a imaginar. En mi opinión, los planes para ecologizar nuestro día a día, probablemente contribuirán a construir marcos operativos y críticos en los que podremos movilizar, desde la complejidad y la incertidumbre, muchas de las experiencias que ahora acumulamos, incluso muchas que a priori consideramos poco “verdes” pero valiosas. Creo que éste no es tanto el tiempo de la acción precipitada, si no el de reconstruir lentamente lo que queda entre aquellas cosas que atesoramos (desde la Casa Farnsworth a las tórtolas salvajes del Parque Regional del Sureste de Madrid, o desde los glaciares de la Antártida a las variaciones Goldberg y los relojes de cuco) para conectarlas en un mundo de resilencias, de precaución ante el riesgo y compensación de los costes. Éste es, en mi opinión, uno de los proyectos ecologizantes que ahora es posible y uno desde luego de los más apetecibles.
1 comentario:
Podeis poner la letra del texto un poco más grande? cuesta leerlo. Un abrazo.
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